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A nuestros amigos

Lunes 18 de julio de 2016

Compartimos la obra del Comité Invisible que relata los muchos intentos de transformar este mundo monstruo desde varias partes del mundo: "Nosotros haremos lo que haya que hacer. Pensar, atacar, construir — tal es la línea fabulosa. Este texto es el comienzo de un plan".

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Principio y fin del libro:

Las insurrecciones, finalmente, han venido. A tal ritmo y en tantos países, desde 2008, que el edificio entero de este mundo parece, fragmento tras fragmento, desintegrarse. Hace diez años, predecir un levantamiento te exponía a las burlas de los sentados; hoy, los que anuncian el retorno al orden son los que pasan por bufones. Nada más firme, nada más seguro, se nos decía, que el Túnez de Ben Ali, la diligente Turquía de Erdogan, la Suecia socialdemócrata, la Siria baazista, el Quebec bajo tranquilizantes o el Brasil de la playa, de las bolsa família y las unidades pacificadoras de policía. Se ha visto la consecuencia. La estabilidad ha muerto. Ahora en política también se reflexiona dos veces antes de otorgar una triple A.

Una insurrección puede estallar en cualquier momento, por cualquier motivo, en cualquier país; y llevar a quién sabe dónde. Los dirigentes caminan entre abismos. Su propia sombra parece amenazarlos. ¡Que se vayan todos! era un eslogan; se ha vuelto una sabiduría popular, bajo continuo de la época, murmullo que pasa de boca en boca para elevarse luego de manera vertical, como un hacha, cuando uno menos se lo espera. Los políticos más astutos lo han convertido incluso en una promesa de campaña. No tienen otra elección. El hastío irremediable, la pura negatividad y el rechazo absoluto son las únicas fuerzas políticas discernibles del momento.

Las insurrecciones han venido, no así la revolución. Pocas veces como en estos últimos años se han visto, en un lapso de tiempo tan condensado, tantas sedes del poder oficial tomadas por asalto, desde Grecia hasta Islandia. Ocupar plazas en pleno corazón de las ciudades, plantar en ellas tiendas de campaña, alzar barricadas, comedores o viviendas improvisadas, y mantener asambleas, concernirá pronto al reflejo político más elemental, como ayer lo fue la huelga. Parece que la época haya incluso comenzado a secretar sus propios lugares comunes — empezando por ese All Cops Are Bastards (ACAB) que una extraña internacional deja ahora, con la embestida de cada revuelta, salpicado en los muros de las ciudades, tanto en El Cairo como en Estambul, tanto en Roma como en París o Río.

Pero por grandes que sean los desórdenes bajo el cielo, la revolución parece en todas partes estrangularse en el estadio del motín. En el mejor de los casos, un cambio de régimen satisface por un tiempo la necesidad de cambiar el mundo, para reconducir rápidamente a la misma insatisfacción. En el peor de los casos, la revolución sirve como estrado a esos mismos que, mientras hablan en su nombre, no tienen otra preocupación que liquidarla. En lugares como Francia, la inexistencia de fuerzas revolucionarias con suficiente confianza en sí mismas abre el camino a aquellos cuya profesión consiste precisamente en fingir confianza en sí mismos, y proporcionarla como espectáculo: los fascistas. La impotencia agria.

Hasta este punto, bien hace falta admitirlo, nosotros, revolucionarios, hemos sido derrotados. No porque desde 2008 no hayamos alcanzado la revolución como objetivo, sino porque hemos sido despojados, continuamente, de la revolución como proceso. Cuando alguien fracasa, puede echarle la culpa al mundo entero, concebir todo tipo de explicaciones, incluso científicas, a partir de mil resentimientos, o puede interrogarse acerca de los puntos de apoyo de los que el enemigo dispone en nosotros mismos y que determinan el carácter no fortuito, sino recurrente, de nuestros fracasos. Quizá podríamos interrogarnos acerca de lo que queda, por ejemplo, de izquierda entre los revolucionarios, y que los condena no sólo a la derrota, sino a ser objeto de una detestación casi general. Un cierto modo de profesar una hegemonía moral, de cuyos medios carecen, es en ellos un defecto heredado de la izquierda. Así como esa insoportable pretensión a decretar la justa manera de vivir — la que es verdaderamente progresista, iluminada, correcta, deconstruida, sin mácula. Pretensión que llena de deseos de asesinar a cualquiera que se encuentre de este modo arrojado sin razón del lado de los reaccionariosconservadores- oscurantistas-limitados-patanessuperados. La rivalidad apasionada de los revolucionarios con la izquierda, lejos de liberarlos de ella, no hace más que retenerlos en su terreno. ¡Larguemos las amarras!

Desde La insurrección que viene, nos hemos dirigido a cualquier parte donde la época se incendiaba. Hemos leído, hemos luchado, hemos discutido con camaradas de todos los países y de todas las tendencias, hemos tropezado con ellos en los invisibles obstáculos del tiempo. Algunos de nosotros han muerto, otros han conocido la prisión. Nosotros hemos persistido. No hemos renunciado a atacar este mundo ni a construir otros. De nuestros viajes hemos vuelto con la certeza de que no vivimos unas revueltas erráticas, separadas, que se ignoran las unas a las otras y que todavía requerirían ser vinculadas entre sí. Esto es lo que, en su calculada gestión de las percepciones, la información en tiempo real pone en escena. Esto es la obra de la contrainsurrección, que empieza desde esta escala ínfima. Nosotros no somos contemporáneos de unas revueltas dispersas, sino de una única ola mundial de levantamientos que se comunican entre sí de manera imperceptible. De una sed universal de encontrarse que sólo la separación universal explica. De un odio general a la policía que indica el lúcido rechazo a la atomización general que aquélla supervisa. En todas partes se lee la misma inquietud, el mismo pánico de fondo, a los cuales responden los mismos arrebatos de dignidad, y no de indignación. Lo que pasa en el mundo desde 2008 no constituye una serie incoherente de erupciones descabelladas que sobrevienen en espacios nacionales herméticos. Una sola secuencia histórica es lo que se desenvuelve en una estricta unidad de lugar y tiempo, desde Grecia hasta Chile. Y sólo un punto de vista sensiblemente mundial permite elucidar su significación. No podemos dejar exclusivamente a los think tanks del capital el pensamiento aplicado de esta secuencia.

Toda insurrección, por localizada que sea, proporciona una señal más allá de sí misma, contiene de entrada algo de mundial. En ella, nos elevamos juntos a la altura de la época. Pero la época es a su vez eso que encontramos en el fondo de nosotros mismos, cuando aceptamos descender hasta ahí, cuando nos sumergimos en lo que vivimos, vemos, sentimos y percibimos. En todo ello hay un método de conocimiento y una regla de acción; hay también aquello que explica la conexión subterránea entre la pura intensidad política del combate callejero y la presencia ante uno mismo sin maquillajes del solitario. Es en el fondo de cada situación y en el fondo de cada uno que hay que buscar la época. Es ahí en donde “nosotros” nos encontramos, en donde tienen lugar las amistades verdaderas, dispersas en los cuatro puntos del globo, pero caminando juntas.

Los conspiracionistas son contrarrevolucionarios al menos en cuanto que reservan sólo a los poderosos el privilegio de conspirar. Si es bastante evidente que los poderosos conspiran para preservar y extender sus posiciones, no es menos cierto que por todas partes se conspira — en los vestíbulos de los edificios, en las máquinas de café, en la trastienda de los kebabs, en las ocupaciones, en los talleres, en los patios centrales, en las cenas, en los amores. Y todos estos vínculos, todas estas conversaciones, todas estas amistades, tejen por capilaridad, a escala mundial, un partido histórico en acción — “nuestro partido”, como decía Marx. Sin duda hay, frente a la conspiración objetiva del orden de las cosas, una conspiración difusa a la que nosotros pertenecemos de hecho. Pero en su interior reina la mayor confusión. En todas partes nuestro partido se tropieza con su propia herencia ideológica; se engancha los pies en todo un armazón de tradiciones revolucionarias derrotadas y difuntas, pero que exigen respeto. Ahora bien, la inteligencia estratégica proviene del corazón y no del cerebro, y el error de la ideología es precisamente hacer de barrera entre el pensamiento y el corazón. En otros términos: nos hace falta forzar la puerta de ahí en donde estamos ya. El único partido por construir es el que ya está ahí. Nos hace falta desembarazarnos de todo el fárrago mental que obstaculiza la clara captación de nuestra común situación, de nuestra “común terrenidad”, según la expresión de Gramsci. Nuestra herencia no viene precedida por ningún testamento.

Como todo eslogan publicitario, la consigna “Somos el 99%” debe su eficacia no a lo que dice, sino a lo que no dice. Lo que no dice es la identidad del 1% de poderosos. Lo que caracteriza al 1% no es que son ricos (hay más de 1% de ricos en los Estados Unidos), no es que son célebres (se hacen más bien discretos, y, además, ¿quién no tiene derecho, en nuestros días, a sus quince minutos de fama?). Lo que caracteriza al 1% es que están organizados. Se organizan incluso para organizar la vida de los demás. La verdad de este eslogan es bastante cruel, y es que el número aquí no marca nada: podemos ser 99% y estar perfectamente dominados. Por el contrario, los saqueos colectivos de Tottenham demuestran de manera suficiente que uno deja de ser pobre desde el momento en que comienza a organizarse. Existe una diferencia considerable entre una masa de pobres y una masa de pobres determinados a actuar juntos.

Organizarse jamás ha querido decir afiliarse a la misma organización. Organizarse es actuar según una percepción común, al nivel que sea. Ahora bien, lo que le hace falta a la situación no es la “cólera de la gente” o la escasez, no es la buena voluntad de los militantes ni la difusión de la conciencia crítica, ni siquiera la multiplicación del gesto anárquico. Lo que nos hace falta es una percepción compartida de la situación. Sin esta argamasa, los gestos se borran sin huella en la nada, las vidas tienen la textura de los sueños y los levantamientos acaban en los libros escolares.

La profusión cotidiana de informaciones, para unos alarmantes y para otros simplemente escandalosas, modela nuestra aprehensión de un mundo globalmente ininteligible. Su aspecto caótico es la niebla de la guerra tras la cual ésta se hace inatacable. Es por su aspecto ingobernable que es realmente gobernable. Ahí está la artimaña. Adoptando la gestión de crisis como técnica de gobierno, el capital no ha sustituido simplemente el culto al progreso con el chantaje de la catástrofe, sino que ha querido reservarse la inteligencia estratégica del presente, la visión general de las operaciones en curso. Esto es lo que importa disputarle. De lo que se trata, en materia de estrategia, es de volver a darnos dos golpes de ventaja sobre la gobernanza global. No hay “crisis” alguna de la que haría falta salir, hay una guerra que nos es crucial ganar.

Una inteligencia compartida de la situación no puede nacer de un solo texto, sino de un debate internacional. Y para que un debate tenga lugar hace falta aportar elementos. He aquí pues uno de ellos. Hemos sometido la tradición y las posiciones revolucionarias a la piedra de toque de la coyuntura histórica y hemos buscado cortar los mil hilos ideales que retienen en el suelo al Gulliver de la revolución. Hemos buscado a tientas qué pasajes, qué gestos y qué pensamientos podrían permitir extraerse del impasse del presente. No hay movimiento revolucionario sin un lenguaje capaz de decir al mismo tiempo la condición que nos es hecha y lo posible que la agrieta. Lo que sigue es una contribución a su elaboración. Con dicho fin, este texto aparece simultáneamente en ocho idiomas y sobre cuatro continentes. Si estamos por todas partes, si somos legiones, nos hace falta en lo que viene organizarnos, mundialmente.


Nos habría gustado ser breves. Prescindir de genealogías, etimologías y citas. Que un poema, una canción bastaran.

Nos habría gustado que bastara con escribir “revolución” en un muro para que la calle ardiera.

Pero hacía falta desenredar la madeja del presente, y en algunas partes arreglar cuentas con algunas falsedades milenarias.

Hacía falta hacer el intento de digerir siete años de convulsiones históricas. Y descifrar un mundo donde la confusión ha florecido sobre un tronco de desprecio.

Nos hemos tomado el tiempo de escribir esperando que otros se tomarían el tiempo de leer.

Escribir es una vanidad, cuando no es para el amigo.

Para el amigo que no se conoce aún, también.

Nosotros estaremos, en los años que vienen, por todas partes en donde las cosas ardan.

En los períodos de descanso, no es difícil encontrarnos.

Nosotros proseguimos la empresa de elucidación aquí empezada.

Habrá fechas y lugares en los cuales concentrar nuestras fuerzas contra blancos lógicos.

Habrá fechas y lugares para encontrarnos y debatir.

No sabemos si la insurrección tendrá aires de asalto heroico, o si será una crisis planetaria de lágrimas; un brutal acceso de sensibilidad tras décadas de anestesia, miseria y necedad.

Nada garantiza que la opción fascista no será preferida a la revolución.

Nosotros haremos lo que haya que hacer.

Pensar, atacar, construir — tal es la línea fabulosa.

Este texto es el comienzo de un plan.

Hasta muy pronto,

Comité invisible,

octubre de 2014


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