Ké Huelga Radio

Hacia un mundo de recursos asediados

Martes 30 de abril de 2013

De cómo la escasez de recursos y el cambio climático podrían producir una explosión global

Michael T. Klare

TomDispatch.com

Profesor de estudios por la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College y colaborador habitual de TomDispatch.com.

Autor de “ The Race for What’s Left: The Global Scramble for the World’s Last Resources” (Metropolitan Books).

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175690/tomgram%3A_michael_klare%2C_the_coming_global_explosion/#more

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=167447

Prepárense. Puede que aún no se lo digan, pero, según los expertos de todo el mundo y la comunidad de la inteligencia estadounidense, la tierra está cambiando ya bajo sus pies. Lo sepan o no, Vds. están sobre un planeta diferente, un mundo con los recursos asediados a un nivel no experimentado nunca antes por la humanidad.

Dos escenarios de pesadilla –la escasez global de recursos vitales y el comienzo de un cambio climático extremo- están empezando ya a converger, y es muy probable que en las próximas décadas produzcan una oleada de agitación, rebelión, competitividad y conflicto. Puede que aún sea difícil discernir cómo será ese tsunami de desastres, pero los expertos advierten de “guerras del agua” sobre disputados sistemas fluviales, de disturbios alimentarios globales provocados por las crecientes subidas de los precios de los productos básicos, de migraciones masivas de refugiados climáticos (que acabarán desencadenando actos de violencia contra ellos) y de ruptura del orden social o de colapso de los Estados. Es probable que, al principio, ese caos estalle básicamente en África, Asia Central y otras zonas del Sur subdesarrollado, pero, con el tiempo, todas las regiones del planeta se verán afectadas.

Para apreciar el potencial de esta amenazante catástrofe, es necesario examinar cada una de las fuerzas que están combinándose para producir ese futuro cataclismo.

La escasez de recursos y las guerras por los recursos

Empecemos por un supuesto sencillo: la perspectiva de futuros períodos de escasez de recursos naturales vitales, incluyendo la energía, el agua, el territorio, los alimentos y los minerales básicos. Todo esto, en sí mismo, garantizaría agitación social, fricciones geopolíticas y guerras.

Es importante tener en cuenta que para que ese escenario se produzca no es necesario que haya en el horizonte una escasez absoluta en alguna categoría de determinados recursos. Es suficiente con que haya una carencia en los suministros adecuados para satisfacer las necesidades en una población creciente, cada vez más urbanizada e industrializada. Dada la oleada de extinciones que los científicos están registrando, algunos recursos –determinadas especies de peces, animales y árboles, por ejemplo- serán menos abundantes en las décadas venideras y puede que incluso lleguen todas a desaparecer. Pero materiales clave para la civilización moderna como el petróleo, el uranio y el cobre serán sencillamente cada vez más difíciles y más costosos de adquirir, produciéndose en los suministros cuellos de botella y periódicas escaseces.

El petróleo –el producto más importante en la economía internacional- nos aporta un ejemplo adecuado. Aunque los suministros globales de petróleo pueden realmente crecer en las próximas décadas, muchos expertos dudan de que puedan ampliarse lo suficiente como para satisfacer las necesidades de una creciente clase media global que se espera, por ejemplo, compre millones de coches nuevos en un futuro próximo. En su World Energy Outlook de 2011, la Agencia Internacional de la Energía afirmaba que en 2035 iba a satisfacerse una prevista demanda global de petróleo de 104 millones de barriles al día. Esto, sugería el informe, podría conseguirse gracias, en una gran parte, a los nuevos suministros de “petróleo no tradicional” (las arenas bituminosas, las pizarras bituminosas, etc.), así como 55 millones de barriles de petróleo nuevo de campos “aún por encontrar” y “aún por desarrollar”.

Sin embargo, muchos analistas se burlan de tan optimista valoración, postulando que los crecientes costes de producción de la energía (cuya extracción será cada vez más difícil y más costosa), la oposición-reacción del medio ambiente, las guerras, la corrupción y otros impedimentos harán extremadamente difícil conseguir incrementos de esa magnitud. Es decir, incluso aunque se consiga incrementar la producción durante un tiempo desde el nivel de 87 millones de barriles al día de 2010, el objetivo de 104 millones de barriles no va a alcanzara nunca y los principales consumidores del mundo se enfrentarán a una virtual, cuando no absoluta, escasez.

El agua nos ofrece otro ejemplo potente. Sobre una base anual, el suministro de agua potable que proporcionan las precipitaciones naturales sigue siendo más o menos constante: alrededor de 40.000 kilómetros cúbicos. Pero gran parte de la tierra que recibe estas precipitaciones es la de Groenlandia, la Antártida, Siberia y la Amazonia interior, donde vive muy poca gente, por tanto el suministro de que disponen las mayores concentraciones humanas es con frecuencia sorprendentemente limitado. En muchas regiones con altos niveles de población, los suministros de agua son ya relativamente escasos. Esto es así sobre todo en el Norte de África, Asia Central y Oriente Medio, donde la demanda de agua continúa creciendo como consecuencia de las poblaciones crecientes, la urbanización y la aparición de nuevas industrias que utilizan el agua de forma intensiva. El resultado, incluso cuando el suministro es constante, es un medio ambiente de creciente escasez. Dondequiera que mires, la imagen es aproximadamente la misma: los suministros de recursos fundamentales pueden estar aumentando o decreciendo pero parece que nunca superan la demanda, produciendo un sentimiento de escasez extendida y sistémica. Sin embargo, una vez que se genera, la percepción de escasez –o de inminente escasez- lleva regularmente a la ansiedad, el resentimiento, la hostilidad y la beligerancia. Es una pauta que se comprende muy bien y que ha sido evidente a través de la historia humana.

En su libro “Constant Battles”, por ejemplo, Steven Leblanc, director de colecciones del Museo Peabody de Arqueología y Etnología de Harvard, señala que muchas civilizaciones antiguas experimentaron la mayor incidencia de guerras cuando tuvieron que enfrentarse a una escasez de recursos sobrevenida por el aumento de población, las cosechas fallidas o las persistentes sequías. Jared Diamond, autor del best seller “Collapse” ha detectado un modelo similar en la civilización maya y en la cultura Anasazi de Chaco Canyon, en Nuevo México. Más recientemente, la preocupación por el alimento suficiente para la propia población fue un factor importante en la invasión japonesa de Manchuria en 1931 y en las invasiones alemanas de Polonia en 1939 y la Unión Soviética en 1941, según Lizzie Collingham, autora de “The Taste of War”.

Aunque el suministro global de los productos más básicos se ha incrementado enormemente desde el final de la II Guerra Mundial, los analistas ven que la persistencia de conflictos está relacionada con los recursos en zonas donde las materias siguen siendo escasas o hay ansiedad por la futura fiabilidad de los suministros. Muchos expertos creen, por ejemplo, que las luchas en Darfur y otras zonas asoladas por la guerra del Norte de África han estado impulsadas, al menos en parte, por la competencia entre las tribus del desierto por el acceso a los escasos suministros de agua, exacerbados en algunos casos por los niveles crecientes de población. “En Darfur”, dice un informe de 2009 del Programa Medioambiental de la ONU acerca del papel de los recursos naturales en el conflicto:

“La pertinaz sequía, el aumento de las presiones demográficas y la marginación política son factores de destacado peso entre las fuerzas que han empujado a la región hacia una espiral de desorden y violencia que desde 2003 ha provocado 300.000 muertes y el desplazamiento de más de dos millones de personas”.

La ansiedad ante los futuros suministros es también a menudo un elemento a tener en cuenta en los conflictos que estallan por el acceso al petróleo o al control de las disputadas reservas de petróleo y gas natural. Por ejemplo, en 1979, cuando la revolución islámica en Irán derrocó al Shah y los soviéticos invadieron Afganistán, Washington empezó a temer que algún día pudiera negársele el acceso al petróleo del Golfo Pérsico. En ese momento, el Presidente Jimmy Carter anunció con prontitud lo que pasó a llamarse Doctrina Carter. En su Discurso al Estado de la Nación de 1980, Carter afirmó que cualquier movimiento que impidiera el flujo de petróleo del Golfo sería considerado como una amenaza para los “vitales intereses” de EEUU que sería repelida por “todos los medios necesarios, incluida la fuerza militar”.

En 1990, este fue el principio invocado por el Presidente George H. W. Bush para justificar la intervención de la I Guerra del Golfo Pérsico, al igual que haría su hijo para justificar, en parte, la invasión de Iraq en 2003. En la actualidad, sigue siendo fundamental en los planes estadounidenses el empleo de la fuerza para impedir que los iraníes cierren el Estrecho de Ormuz, la estratégica vía de agua que conecta el Golfo Pérsico con el Océano Índico, a través del que pasa alrededor del 35% del comercio marítimo de petróleo del mundo.

Recientemente, una serie de conflictos por los recursos han estado llegando al punto de ebullición entre China y sus vecinos del Sureste Asiático en lo que referente al control de las reservas de gas y petróleo del Mar del Sur de China. Aunque los consiguientes enfrentamientos navales no han provocado aún pérdida de vidas humanas, hay grandes posibilidades de que se produzca una escalada militar. Una situación similar se da también en el Mar Oriental de China, donde China y Japón están luchando entre ellos por controlar similares valiosas reservas submarinas. Mientras tanto, en el océano del Atlántico Sur, Argentina y Gran Bretaña están de nuevo disputando por las Islas Malvinas al haberse descubierto petróleo en las aguas que las rodean.

Según se dice, los potenciales conflictos derivados de recursos como éstos van a ir en aumento los próximos años según vaya creciendo la demanda y menguando los suministros, porque gran parte de lo que queda se halla en zonas en disputa. En 2012, un estudio titulado “Resources Futures”, del respetado think tank británico Chatham House, expresó una especial preocupación ante las posibles guerras por los recursos del el agua, especialmente en zonas como las cuencas del Nilo y del río Jordán, donde varios grupos o países deben compartir el mismo río para la mayoría de sus suministros de agua y pocos poseen los medios necesarios para desarrollar alternativas. “En este contexto de escasez de suministros y competitividad, las cuestiones relativas a los derechos al agua, los precios y la polución son cada vez más polémicas”, indicaba el informe. “En las áreas con capacidad limitada para gobernar recursos compartidos, el intento por equilibrar las competitivas demandas y movilizar nuevas inversiones pueden originar nuevas y abiertas confrontaciones”.

Rumbo a un mundo de recursos asediados

Las tensiones de ese cariz estarían abocadas a crecer por sí mismas porque en demasiadas zonas los suministros de recursos clave no podrán satisfacer la demanda. Aunque, como suele ocurrir, no es sólo “por sí mismas”. En este planeta, una segunda mayor fuerza ha entrado en la ecuación de forma significativa. Con la creciente realidad del cambio climático, todo se vuelve mucho más aterrador.

Normalmente, cuando consideramos el impacto del cambio climático, pensamos ante todo en el medio ambiente: el deshielo del casquete polar del Ártico o de la capa de hielo de Groenlandia, el aumento en el nivel de los mares del planeta, la intensificación de las tormentas, los desiertos en expansión y el peligro de extinción o desaparición de especies como el oso polar. Pero cada vez mayor número de expertos están dándose cuenta de que los seres humanos experimentarán directamente los efectos más potentes del cambio climático a través del deterioro o destrucción total de los habitats de los que dependemos para la producción alimentaria, actividades industriales o, sencillamente, para la vida. Esencialmente, el cambio climático causará estragos en nosotros al reducir nuestro acceso a los elementos básicos de la vida: recursos vitales que incluyen el alimento, el agua, el territorio y la energía. Esto será devastador para la vida humana, y más aún a medida que aumente significativamente el peligro de conflictos de todo tipo a causa de la lucha por los recursos.

Sabemos ya bastantes cosas sobre los futuros efectos del cambio climático como para poder predecir los siguientes con razonable seguridad:

· El aumento en los niveles de los mares en los próximos cincuenta años eliminará muchas zonas costeras, destruyendo grandes ciudades e infraestructuras vitales (incluyendo carreteras, ferrocarriles, puertos, oleoductos, refinerías y centrales eléctricas) y excelente tierra agrícola.

· La disminución de las lluvias y las prolongadas sequías convertirán las que fueron verdes tierras de cultivo en zonas desérticas, reduciendo la producción alimentaria y convirtiendo a millones de seres en “refugiados climáticos”.

· Tormentas más graves e intensas oleadas de calor agotarán las cosechas, desencadenarán incendios forestales, causarán inundaciones y destruirán infraestructuras vitales.

Nadie puede predecir cuánto alimento, tierra, agua y energía se perderá como consecuencia de este brutal asalto (y otros efectos del cambio climático que son más difíciles de predecir o incluso posiblemente de imaginar), pero el efecto acumulativo será sin duda impactante. En “Resources Futures”, Chatham House ofrece una advertencia especialmente seria en lo que se refiere a la amenaza de las decrecientes precipitaciones de lluvia para alimentar la agricultura. “En 2020”, dice el informe, “los rendimientos de la agricultura de secano se reducirán hasta en un 50%” en algunas zonas. Se teme que las proporciones más altas de pérdidas se den en África, donde la dependencia de la agricultura de secano es mayor, pero también es muy probable que resulte gravemente afectada en China, la India, Pakistán y Asia Central.

Olas de calor, sequías y otros efectos del cambio climático reducirán también el caudal de muchos ríos vitales, disminuyendo el suministro de agua para el regadío, las instalaciones de energía hidroeléctrica y reactores nucleares (que necesitan cantidades masivas de agua a efectos de refrigeración). El deshielo de los glaciares, especialmente en los Andes en Latinoamérica y los Himalayas en el Sur de Asia, privará también a las comunidades y a las ciudades de importantes suministros de agua. El esperado incremento en la frecuencia de huracanes y tifones supondrá una amenaza cada vez mayor para las plataformas petrolíferas marítimas, las refinerías costeras, las líneas de trasmisiones y otros componentes del sistema global energético.
El derretimiento del casquete polar del Ártico abrirá esa región a la exploración de gas y petróleo, pero el incremento en la actividad de los icebergs hará que todos los esfuerzos para explotar los suministros energéticos de esa región sean peligrosos y sumamente costosos. Estaciones cada vez más largas en el norte, especialmente en Siberia y las provincias del norte de Canadá, podrían compensar a algún nivel la desecación de las tierras agrícolas en latitudes más meridionales. Sin embargo, el traslado del sistema agrícola global (y de los agricultores del mundo) hacia el norte desde las abandonadas tierras agrícolas en EEUU, México, Brasil, la India, China, Argentina y Australia sería una perspectiva desalentadora.

Puede asumirse con seguridad que el cambio climático, especialmente si se combina con una creciente escasez de suministros, provocará una reducción importante de los recursos vitales del planeta, un aumento del tipo de presiones que han llevado históricamente al conflicto, incluso bajo mejores circunstancias. De esta manera, según el informe de Chatham House, el cambio climático se entiende como un “multiplicador de amenazas… un factor clave que exacerba la vulnerabilidad de los recursos existentes” en Estados ya propensos a esos desórdenes.

Al igual que otros expertos en la materia, los analistas de Chatham House afirman, por ejemplo, que el cambio climático reducirá la producción agrícola en muchas áreas, haciendo que los precios globales de los alimentos suban por las nubes y provoquen disturbios entre quienes están ya al límite a causa de las situaciones actuales. “La incrementada frecuencia y gravedad de fenómenos meteorológicos extremos, tales como sequías, olas de calor e inundaciones, también provocarán mayor y mucho más frecuente escasez de cosechas locales por todo el mundo… Esta escasez afectará a los precios mundiales de los alimentos cuando los centros importantes de producción agrícola se vean afectados, además de ampliar la volatilidad de esos precios”. Esto, a su vez, incrementará las probabilidades de disturbios civiles.

Cuando, por ejemplo, una ola brutal de calor diezmó la cosecha de trigo en Rusia durante el verano de 2010, el precio mundial del trigo (al igual que el del elemento básico de la vida, el pan) empezó a subir inexorablemente, alcanzando niveles especialmente altos en el Norte de África y Oriente Medio. Con los gobiernos locales muy poco dispuestos o capacitados para ayudar a las desesperadas poblaciones, la indignación ante la imposibilidad de adquirir alimentos, mezclada con el resentimiento hacia los regímenes autocráticos, desencadenó el masivo estallido popular que conocemos como la Primavera Árabe.

Ese tipo de explosiones son muy probables en el futuro, sugiere Chatham House, si prosiguen las tendencias actuales y la escasez de recursos y el cambio climático se funden en una única realidad en nuestro mundo. Una única y provocativa pregunta de ese grupo debería obsesionarnos a todos: “¿Estamos al borde de un nuevo orden mundial dominado por las luchas por el acceso a recursos asequibles?”
Para la comunidad de la inteligencia estadounidense, que parece haber sido influida por el informe, la respuesta fue contundente. En marzo, por vez primera, el Director de la Inteligencia Nacional, James R. Clapper, enumeró “la escasez y competencia por los recursos naturales” como una amenaza para la seguridad nacional en igualdad con el terrorismo global, la guerra cibernética y la proliferación nuclear.

“Muchos países importantes para EEUU son vulnerable al impacto de recursos naturales que degradan el desarrollo económico, frustran los intentos de democratización, aumentan el riesgo de inestabilidad que amenaza a los regímenes y agravan las tensiones regionales”, escribió en su preparada declaración para el Comité de Inteligencia del Senado. “Fenómenos meteorológicos extremos (inundaciones, sequías, olas de calor) perturbarán cada vez más los mercados energéticos y alimentarios, exacerbando la debilidad de los Estados, forzando migraciones humanas y desencadenando disturbios, desobediencia civil y vandalismo”.

Hubo una frase nueva en sus comentarios: “el shock en los recursos”. Capta algo del mundo hacia el que sin remedio nos precipitamos, y el lenguaje es sorprendente en una comunidad de inteligencia que, al igual que el gobierno al que sirve, ha rebajado o ignorado en gran medida los peligros del cambio climático. Por vez primera, altos analistas del gobierno pueden estar empezando a apreciar lo que siempre han estado advirtiendo los expertos de la energía, los analistas de recursos y los científicos: que el consumo desenfrenado de los recursos naturales del mundo, junto con el advenimiento de cambios climáticos extremos, producirá una explosión global de caos y conflicto humano. Estamos yendo ya, directos y de cabeza, hacia un mundo de recursos asediados.


Versión original en inglés

The Coming Global Explosion

Michael Klare

In his pathbreaking 2001 book Resource Wars, Michael Klare wrote: “Natural resources are the building blocks of civilization and an essential requirement of daily existence. The inhabitants of planet Earth have been blessed with a vast supply of most basic materials. But we are placing increased pressure on those supplies, and in some cases we face, in our lifetimes, or those of our children, the prospect of severe resource depletion.” More than ever, as he points out today, this remains a planetary reality with which we have still not truly come to grips. Since the beginning of this new century, however, climate change has joined resource scarcity in a way that will make for a far more combustible and explosive reality in the coming decades.

As John Vidal reported recently in the British Observer, leading scientists now believe that, by 2050, the pressures of climate change — of record floods, intensifying extreme heat, and droughts — could change the face of farming on this planet and lead to a doubling of prices for food staples, the very basics of life, as populations continue to rise. This, in turn, will undoubtedly mean destitution or worse for millions of the poor, particularly in Africa and Asia.

On a planet rapidly changing in ways that have not been part of our repertoire in the rest of human history, TomDispatch has been, and will be, asking some of its regulars to peer into the murkiness of the human future and offer us a sense of what we may face. From the next stages of weaponry in the American high-tech arsenal and the future aridification of the American Southwest to Washington’s limited view of a world roaring toward 2030, our writers have already begun doing so. Today, Michael Klare, author most recently of The Race for What’s Left, and a man always ahead of the curve, offers his views on a world too potentially explosive not to be attended to. Tom

Entering a Resource-Shock World

How Resource Scarcity and Climate Change Could Produce a Global Explosion

By Michael T. Klare

Brace yourself. You may not be able to tell yet, but according to global experts and the U.S. intelligence community, the earth is already shifting under you. Whether you know it or not, you’re on a new planet, a resource-shock world of a sort humanity has never before experienced.

Two nightmare scenarios — a global scarcity of vital resources and the onset of extreme climate change — are already beginning to converge and in the coming decades are likely to produce a tidal wave of unrest, rebellion, competition, and conflict. Just what this tsunami of disaster will look like may, as yet, be hard to discern, but experts warn of “water wars” over contested river systems, global food riots sparked by soaring prices for life’s basics, mass migrations of climate refugees (with resulting anti-migrant violence), and the breakdown of social order or the collapse of states. At first, such mayhem is likely to arise largely in Africa, Central Asia, and other areas of the underdeveloped South, but in time all regions of the planet will be affected.

To appreciate the power of this encroaching catastrophe, it’s necessary to examine each of the forces that are combining to produce this future cataclysm.

Resource Shortages and Resource Wars

Start with one simple given: the prospect of future scarcities of vital natural resources, including energy, water, land, food, and critical minerals. This in itself would guarantee social unrest, geopolitical friction, and war.

It is important to note that absolute scarcity doesn’t have to be on the horizon in any given resource category for this scenario to kick in. A lack of adequate supplies to meet the needs of a growing, ever more urbanized and industrialized global population is enough. Given the wave of extinctions that scientists are recording, some resources — particular species of fish, animals, and trees, for example — will become less abundant in the decades to come, and may even disappear altogether. But key materials for modern civilization like oil, uranium, and copper will simply prove harder and more costly to acquire, leading to supply bottlenecks and periodic shortages.

Oil — the single most important commodity in the international economy — provides an apt example. Although global oil supplies may actually grow in the coming decades, many experts doubt that they can be expanded sufficiently to meet the needs of a rising global middle class that is, for instance, expected to buy millions of new cars in the near future. In its 2011 World Energy Outlook, the International Energy Agency claimed that an anticipated global oil demand of 104 million barrels per day in 2035 will be satisfied. This, the report suggested, would be thanks in large part to additional supplies of “unconventional oil” (Canadian tar sands, shale oil, and so on), as well as 55 million barrels of new oil from fields “yet to be found” and “yet to be developed.”

However, many analysts scoff at this optimistic assessment, arguing that rising production costs (for energy that will be ever more difficult and costly to extract), environmental opposition, warfare, corruption, and other impediments will make it extremely difficult to achieve increases of this magnitude. In other words, even if production manages for a time to top the 2010 level of 87 million barrels per day, the goal of 104 million barrels will never be reached and the world’s major consumers will face virtual, if not absolute, scarcity.

Water provides another potent example. On an annual basis, the supply of drinking water provided by natural precipitation remains more or less constant: about 40,000 cubic kilometers. But much of this precipitation lands on Greenland, Antarctica, Siberia, and inner Amazonia where there are very few people, so the supply available to major concentrations of humanity is often surprisingly limited. In many regions with high population levels, water supplies are already relatively sparse. This is especially true of North Africa, Central Asia, and the Middle East, where the demand for water continues to grow as a result of rising populations, urbanization, and the emergence of new water-intensive industries. The result, even when the supply remains constant, is an environment of increasing scarcity.

Wherever you look, the picture is roughly the same: supplies of critical resources may be rising or falling, but rarely do they appear to be outpacing demand, producing a sense of widespread and systemic scarcity. However generated, a perception of scarcity — or imminent scarcity — regularly leads to anxiety, resentment, hostility, and contentiousness. This pattern is very well understood, and has been evident throughout human history.

In his book Constant Battles, for example, Steven LeBlanc, director of collections for Harvard’s Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, notes that many ancient civilizations experienced higher levels of warfare when faced with resource shortages brought about by population growth, crop failures, or persistent drought. Jared Diamond, author of the bestseller Collapse, has detected a similar pattern in Mayan civilization and the Anasazi culture of New Mexico’s Chaco Canyon. More recently, concern over adequate food for the home population was a significant factor in Japan’s invasion of Manchuria in 1931 and Germany’s invasions of Poland in 1939 and the Soviet Union in 1941, according to Lizzie Collingham, author of The Taste of War.

Although the global supply of most basic commodities has grown enormously since the end of World War II, analysts see the persistence of resource-related conflict in areas where materials remain scarce or there is anxiety about the future reliability of supplies. Many experts believe, for example, that the fighting in Darfur and other war-ravaged areas of North Africa has been driven, at least in part, by competition among desert tribes for access to scarce water supplies, exacerbated in some cases by rising population levels.

“In Darfur,” says a 2009 report from the U.N. Environment Programme on the role of natural resources in the conflict, “recurrent drought, increasing demographic pressures, and political marginalization are among the forces that have pushed the region into a spiral of lawlessness and violence that has led to 300,000 deaths and the displacement of more than two million people since 2003.”

Anxiety over future supplies is often also a factor in conflicts that break out over access to oil or control of contested undersea reserves of oil and natural gas. In 1979, for instance, when the Islamic revolution in Iran overthrew the Shah and the Soviets invaded Afghanistan, Washington began to fear that someday it might be denied access to Persian Gulf oil. At that point, President Jimmy Carter promptly announced what came to be called the Carter Doctrine. In his 1980 State of the Union Address, Carter affirmed that any move to impede the flow of oil from the Gulf would be viewed as a threat to America’s “vital interests” and would be repelled by “any means necessary, including military force.”

In 1990, this principle was invoked by President George H.W. Bush to justify intervention in the first Persian Gulf War, just as his son would use it, in part, to justify the 2003 invasion of Iraq. Today, it remains the basis for U.S. plans to employ force to stop the Iranians from closing the Strait of Hormuz, the strategic waterway connecting the Persian Gulf to the Indian Ocean through which about 35% of the world’s seaborne oil commerce passes.

Recently, a set of resource conflicts have been rising toward the boiling point between China and its neighbors in Southeast Asia when it comes to control of offshore oil and gas reserves in the South China Sea. Although the resulting naval clashes have yet to result in a loss of life, a strong possibility of military escalation exists. A similar situation has also arisen in the East China Sea, where China and Japan are jousting for control over similarly valuable undersea reserves. Meanwhile, in the South Atlantic Ocean, Argentina and Britain are once again squabbling over the Falkland Islands (called Las Malvinas by the Argentinians) because oil has been discovered in surrounding waters.

By all accounts, resource-driven potential conflicts like these will only multiply in the years ahead as demand rises, supplies dwindle, and more of what remains will be found in disputed areas. In a 2012 study titled Resources Futures, the respected British think-tank Chatham House expressed particular concern about possible resource wars over water, especially in areas like the Nile and Jordan River basins where several groups or countries must share the same river for the majority of their water supplies and few possess the wherewithal to develop alternatives. “Against this backdrop of tight supplies and competition, issues related to water rights, prices, and pollution are becoming contentious,” the report noted. “In areas with limited capacity to govern shared resources, balance competing demands, and mobilize new investments, tensions over water may erupt into more open confrontations.”

Heading for a Resource-Shock World

Tensions like these would be destined to grow by themselves because in so many areas supplies of key resources will not be able to keep up with demand. As it happens, though, they are not “by themselves.” On this planet, a second major force has entered the equation in a significant way. With the growing reality of climate change, everything becomes a lot more terrifying.

Normally, when we consider the impact of climate change, we think primarily about the environment — the melting Arctic ice cap or Greenland ice shield, rising global sea levels, intensifying storms, expanding deserts, and endangered or disappearing species like the polar bear. But a growing number of experts are coming to realize that the most potent effects of climate change will be experienced by humans directly through the impairment or wholesale destruction of habitats upon which we rely for food production, industrial activities, or simply to live. Essentially, climate change will wreak its havoc on us by constraining our access to the basics of life: vital resources that include food, water, land, and energy. This will be devastating to human life, even as it significantly increases the danger of resource conflicts of all sorts erupting.

We already know enough about the future effects of climate change to predict the following with reasonable confidence:

* Rising sea levels will in the next half-century erase many coastal areas, destroying large cities, critical infrastructure (including roads, railroads, ports, airports, pipelines, refineries, and power plants), and prime agricultural land.

* Diminished rainfall and prolonged droughts will turn once-verdant croplands into dust bowls, reducing food output and turning millions into “climate refugees.”

* More severe storms and intense heat waves will kill crops, trigger forest fires, cause floods, and destroy critical infrastructure.

No one can predict how much food, land, water, and energy will be lost as a result of this onslaught (and other climate-change effects that are harder to predict or even possibly imagine), but the cumulative effect will undoubtedly be staggering. In Resources Futures, Chatham House offers a particularly dire warning when it comes to the threat of diminished precipitation to rain-fed agriculture. “By 2020,” the report says, “yields from rain-fed agriculture could be reduced by up to 50%” in some areas. The highest rates of loss are expected to be in Africa, where reliance on rain-fed farming is greatest, but agriculture in China, India, Pakistan, and Central Asia is also likely to be severely affected.

Heat waves, droughts, and other effects of climate change will also reduce the flow of many vital rivers, diminishing water supplies for irrigation, hydro-electricity power facilities, and nuclear reactors (which need massive amounts of water for cooling purposes). The melting of glaciers, especially in the Andes in Latin America and the Himalayas in South Asia, will also rob communities and cities of crucial water supplies. An expected increase in the frequency of hurricanes and typhoons will pose a growing threat to offshore oil rigs, coastal refineries, transmission lines, and other components of the global energy system.

The melting of the Arctic ice cap will open that region to oil and gas exploration, but an increase in iceberg activity will make all efforts to exploit that region’s energy supplies perilous and exceedingly costly. Longer growing seasons in the north, especially Siberia and Canada’s northern provinces, might compensate to some degree for the desiccation of croplands in more southerly latitudes. However, moving the global agricultural system (and the world’s farmers) northward from abandoned farmlands in the United States, Mexico, Brazil, India, China, Argentina, and Australia would be a daunting prospect.

It is safe to assume that climate change, especially when combined with growing supply shortages, will result in a significant reduction in the planet’s vital resources, augmenting the kinds of pressures that have historically led to conflict, even under better circumstances. In this way, according to the Chatham House report, climate change is best understood as a “threat multiplier... a key factor exacerbating existing resource vulnerability” in states already prone to such disorders.

Like other experts on the subject, Chatham House’s analysts claim, for example, that climate change will reduce crop output in many areas, sending global food prices soaring and triggering unrest among those already pushed to the limit under existing conditions. “Increased frequency and severity of extreme weather events, such as droughts, heat waves, and floods, will also result in much larger and frequent local harvest shocks around the world… These shocks will affect global food prices whenever key centers of agricultural production area are hit — further amplifying global food price volatility.” This, in turn, will increase the likelihood of civil unrest.

When, for instance, a brutal heat wave decimated Russia’s wheat crop during the summer of 2010, the global price of wheat (and so of that staple of life, bread) began an inexorable upward climb, reaching particularly high levels in North Africa and the Middle East. With local governments unwilling or unable to help desperate populations, anger over impossible-to-afford food merged with resentment toward autocratic regimes to trigger the massive popular outburst we know as the Arab Spring.

Many such explosions are likely in the future, Chatham House suggests, if current trends continue as climate change and resource scarcity meld into a single reality in our world. A single provocative question from that group should haunt us all: “Are we on the cusp of a new world order dominated by struggles over access to affordable resources?”

For the U.S. intelligence community, which appears to have been influenced by the report, the response was blunt. In March, for the first time, Director of National Intelligence James R. Clapper listed “competition and scarcity involving natural resources” as a national security threat on a par with global terrorism, cyberwar, and nuclear proliferation.

“Many countries important to the United States are vulnerable to natural resource shocks that degrade economic development, frustrate attempts to democratize, raise the risk of regime-threatening instability, and aggravate regional tensions,” he wrote in his prepared statement for the Senate Select Committee on Intelligence. “Extreme weather events (floods, droughts, heat waves) will increasingly disrupt food and energy markets, exacerbating state weakness, forcing human migrations, and triggering riots, civil disobedience, and vandalism.”

There was a new phrase embedded in his comments: “resource shocks.” It catches something of the world we’re barreling toward, and the language is striking for an intelligence community that, like the government it serves, has largely played down or ignored the dangers of climate change. For the first time, senior government analysts may be coming to appreciate what energy experts, resource analysts, and scientists have long been warning about: the unbridled consumption of the world’s natural resources, combined with the advent of extreme climate change, could produce a global explosion of human chaos and conflict. We are now heading directly into a resource-shock world.

Michael Klare is a professor of peace and world security studies at Hampshire College, a TomDispatch regular and the author, most recently, of The Race for What’s Left, just published in paperback by Picador. A documentary movie based on his book Blood and Oil can be previewed and ordered at www.bloodandoilmovie.com. You can follow Klare on Facebook by clicking here.

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